El Dios en el Cuenco
Parte III
Robert Howard
Demetrio dijo que la altura de la columna que apuntó el guardia, era muy alta como para que el asesino subiera allí a poner una soga, deteniéndose al ver que Promero no estaba entre ellos. Dious lo llamó gritando su nombre, apareciendo Promero tambaleándose y con el rostro pálido, diciendo que estuvo analizando el cuenco y reconoció el signo grabado como el de Thoth-Amon, el brujo estigio archienemigo de Caranthes, especulando que tal vez ese cuenco estaba embrujado y que seguro dentro tenía un demonio atrapado, el cual Kallian por su codicia dejó en libertad y pagó el precio por aquello. Comentario que hizo reaccionar con violencia a Posthumo, quien tomó a Promero y lo arrojó de regreso a la habitación de cuenco como un modo de hacerlo callar. Lo interrumpió Conan en ese momento exclamando que vio algo moviéndose cruzando la habitación por el suelo como una sombra, palabras del cimmerio que hicieron vivir momentos de gran tensión a los presentes, el cual creció cuando entró otro guardia arrastrando a un joven de ropas elegantes pero que hedía a vino. Y diciendo el guardia a Demetrio: “Lo encontré escondido en la parte trasera del templo”. Exclamando Demetrio: “¡Suéltalo imbécil!, que es Aztrias Petanius, el sobrino del gobernador, ¡Y pídele disculpas!” El guardia soltó al noble avergonzado en consecuencia, y antes de decir algo, Aztrias dijo que se ahorrara sus disculpas, pues sabía que sólo cumplía con su deber, agregando que él volvía a su casa de una taberna, y que su estado de intemperancia se debía a la bebida. Y al fijarse en el cadáver en el suelo. Dijo: “¡Por Mitra!, ¿Un asesinato?” Dious dijo que sí, y que tenían a su ascenso, apuntando al cimmerio. A lo cual Aztrias dijo que por el aspecto del bárbaro, no cabían dudas sobre su culpabilidad. Conan rompió su silencio entonces enfadado, diciendo que él, “Aztrias”, fue quien lo había contratado esa noche para que le robara la copa zamoria, y agregó que jamás lo hubiese delatado, pero ya que él lo traicionó, le devolvía el gesto. Y terminó diciéndole que lo reconociera, para que ellos, “Demetrio y los guardias”, supieran la verdad. Al escuchar eso, Demetrio dijo que si lo que el cimmerio decía era cierto, quedaría libre de la acusación de asesinato salvándose de la ejecución, y sólo le corresponderían unos años de trabajos forzados por allanamiento de morada, pero, que si Aztrias lo solicitaba, podría hacer vista gorda él dejando al cimmerio libre para que se marchara y nadie sabría de esto, puesto que él, Aztrias, no sería el primer aristócrata que tomaba una mala decisión para salir de un apuro debido a deudas de juego.
Todo estaba expedito entonces para que las cosas acabaran de buen modo por las palabras de Demetrio, pero Aztrias por su orgullo, prefirió quedar como un ebrio metido en ese lio por una casualidad que como cómplice de un allanamiento de morada con objetivo de robo, por lo cual lo negó todo, y dijo que el bárbaro debía recibir su merecido en las minas.
Posthumo cayó gritando y cubriéndose el ojo, momento en que los demás guardias reaccionaron al fin atacando a Conan con las alabardas, pero este los eludió dando un paso atrás, y al percatarse el cimmerio que Arus preparaba su ballesta, fue donde él y con unos violentos golpes lo dejó fuera de combate. En ese momento Promero volvió a aparecer desde la sala donde estaba el cuenco estigio, y apareció tambaleándose entre las cortinas. Cayendo y comenzando a exclamar: “¡La mano del dios llega muy lejos y nadie se salva de su maldición!” Quedando en silencio y tieso tras una espantosa convulsión.
Asumieron todos que la muerte de Promero no fue natural, sino otra víctima de lo que había en el cuenco al igual que Kallian, ante lo cual todos, menos Conan, tiraron sus armas y corrieron como unos locos apretándose en el umbral de salida, pisando los de atrás a los que caían adelante, todos, Dionus sin una oreja, Posthumo sin un ojo, y Demetrio cojeando de un muslo sangrante, y al salir a la calle lo hicieron gritando de terror.
Al quedar sólo Conan junto a los tres cadáveres, fue a la sala del cuenco, viendo un rostro que oteaba encima de un biombo dorado. El rostro no expresaba emoción alguna, y era de una gran belleza y alto semblante. Parecía la máscara de un dios tallada por un maestro entre maestros, pero, parecía estar viva. De pronto la cabeza movió su boca diciendo una palabra en una lengua desconocida, la cual Conan pudo entender por deducción además de por la expresión de ese rostro que lo miraba al pronunciarla. Y la interpretó como un: “Acércate”. Conan obedeció, pero no sumiso para ser víctima de lo que el ser pretendía para él, sino con violencia, ya que el cimmerio tenía la costumbre de darle espadazos a cualquier cosa extraña que no fuese capaz de comprender. Decapitó al ser en consecuencia, y tras caer la cabeza al suelo, al sentir y escuchar que el cuerpo del ser se sacudía en convulsiones tras el biombo, fue a ver, quedando horrorizado por lo que vio. Huyó del templo corriendo con intención de huir lejos de Numalia, aterrado pensando en Set y sus vástagos, pues lo que se retorcía detrás del biombo no era un cuerpo humano sino el de una serpiente decapitada.

0 Comentarios